Reflexiones sobre educación

En los últimos dos días hemos aprendido mucho sobre los inspirados proyectos educativos que ha emprendido nuestra comunidad en la actualidad y las excitantes posibilidades que nos deparará el futuro. No obstante, me gustaría empezar dándome el gusto de hacer una pequeña retrospectiva con la que volver a la Norwich de principios de los ochenta y nuestro primer intento serio de educar a los niños de la comunidad de una manera estructurada. Iniciamos algo que se llamaba el ‘Proyecto de Educación Islámico’ y que fue, al menos desde el punto de vista histórico, el progenitor de todas las iniciativas educativas que han tenido lugar en nuestra comunidad desde ese momento. Sucedió cuando la primera oleada de niños nacidos en la comunidad llegó a lo que se puede denominar ‘edad escolar’, sufriendo la presión de que suponía introducirlos en el sistema educativo estatal o ser nosotros los que satisficiéramos sus necesidades educativas de forma aceptable. En el sistema británico es relativamente fácil educar a los niños fuera del sistema, siempre que se pueda demostrar a las autoridades que esos niños no tendrán una excesiva desventaja con la educación que reciben.
Tres fueron los ámbitos que propiciaron nuestra decisión de asumir la educación de nuestros hijos y que, de forma más o menos exacta, pueden englobarse bajo los siguientes titulares: pedagógico, político y social. Hablando desde el punto de vista pedagógico, queríamos basar la enseñanza en nuestros propios valores y tener un control absoluto del currículum. Desde el punto de vista político era evidente que, para la mayoría de los niños, la fuente de poder dominante en sus vidas serían las autoridades educativas; para contrarrestarlo, nosotros pensamos que si manteníamos en nuestras manos la educación de nuestros hijos, ellos seguirían percibiendo que el poder dominante era el Islam. En lo que respecta a lo social, la intención evidente era impedir que los niños fueran totalmente asimilados en los patrones sociales al uso que son, y siguen siendo, contrarios al Islam en muchos aspectos vitales. Nuestro objetivo manifiesto en todas estas cosas, era dar a nuestros hijos la mejor oportunidad posible de definirse como musulmanes en un entorno que haría todo lo posible para impedirlo.
En consecuencia, el modelo que diseñamos fue combinar en cierto modo la madrasa tradicional con una escuela primaria muy sencilla; cada día comenzaba con un par de horas de Corán y estudios islámicos básicos para luego continuar con las tres ‘es’ (leer, escribir, aritmética), a las que luego se añadían ciencias de la naturaleza y la actividad física. Al principio conseguimos llevar a cabo este proyecto en la mezquita para luego tener otros escenarios más estructurados desde el punto de vista educativo; lo hicimos durante cuatro años hasta que fue evidente que era imposible seguir haciéndolo. No quisiera entrar en detalles sobre las variadas razones de esta situación, pero giraban en torno a la falta de profesionalidad, la imposibilidad de satisfacer las necesidades educativas especializadas de algunos niños, la preocupación de los padres relacionada con la escasa apertura ante el mundo exterior, y nuestra incapacidad de pasar con éxito a la educación secundaria. En todo caso, el proyecto sí logró el objetivo original: reforzar la identidad musulmana de la gran mayoría de los niños implicados (demostrado por el hecho de que casi todos ellos siguen siendo musulmanes comprometidos hasta el día de hoy), además de suministrar una base más que correcta de las técnicas básicas (demostrado por el hecho de que muchos de ellos lograron títulos académicos de importancia en los años posteriores).
Lo que primero nos motivó a la hora de afrontar esta empresa quizás demasiado ambiciosa ─y lo que también ha propiciado casi todas las iniciativas educativas asumidas por la comunidad desde ese entonces─ fue nuestra comprensión, confirmada de muchas maneras por las enseñanzas de nuestro Shayj, del ayat dirigida a los kafirun: “lakum dinukum wa lia din – para vosotros vuestro Din y para mí el mío”. Esto es, nuestra comprensión de que el Islam es tan fundamentalmente diferente del etos modernista tan dominante y extendido a escala universal en el mundo de nuestros días, que no teníamos más alternativa que contrarrestarlo de todas las maneras posibles, especialmente en lo que respecta a nuestra educación y la de aquellos que son nuestra responsabilidad. Como muy bien sabemos, Shayj Abdalqadir ha dedicado toda una vida a hacer precisamente esto.
En mi charla del año pasado también empecé con la Surat al-Kafirun; mi tesis fue que la versión actual y dominante del din al-kufr era el resultado de la erosión total ─motivada por la visión del mundo modernista enraizada en el materialismo científico─ de una comprensión verdadera del tawhid. En consecuencia, todo intento de restablecer el Islam de manera significativa, tiene que estar basado en recuperar esa verdadera compresión del tawhid que permitió a las primeras generaciones de musulmanes poner a un lado todo lo que intentaba obstaculizarlos. Esto es lo que diferenciaba a su Din de la incredulidad de los que les rodeaban, eso fue la luz penetrante que despejó la oscuridad y la ignorancia del mundo de esos días y lo que lo iluminó durante muchos siglos posteriores. Lo que se deduce, es que este factor diferenciador fundamental debe estar presente en el núcleo mismo de todo proyecto educativo que afrontemos puesto que, como reitera una y otra vez el Libro de Allah, el tawhid no es algo que se puede enseñar en clases sobre la aqida.
El Corán engloba todos los aspectos de la existencia: teología, escatología, ley, historia, psicología, la naturaleza y mucho más; pero lo que queda patente en todo caso, es que estos asuntos están en manos de Allah, están bajo Su control directo en cada instante. No hay estrella que brille con independencia de Él, no hay planeta que gire con independencia de Él, no hay catástrofe natural que ocurra con independencia de Él, no hay viento que sople con independencia de Él, no hay hoja que caiga con independencia de Él, no hay planta o árbol que crezca con independencia de Él, no hay pájaro que vuele con independencia de Él, no hay barco que surque los mares con independencia de Él, no hay batalla que se luche con independencia de Él, no hay cosa mala o buena que suceda, en nuestro interior o en el exterior, con independencia de Él. Y si luego estudiamos las ayats que hablan de las normas legales más áridas, herencias, transacciones comerciales, matrimonios y divorcios, veremos que en todos los casos, Allah se involucra en los procedimientos de una u otra manera. Su Presencia es continua y omnipresente en todo lo que ocurre, y es absolutamente necesario que eso esté presente, de manera explícita o implícita, en las instituciones educativas que queremos establecer.
Otra forma en la que nuestro Din está en desacuerdo con el mundo que nos rodea, es la forma en que entendemos el tiempo y el espacio. Esto es algo que nosotros, como musulmanes, sabemos de sobra pero a lo que no damos la importancia que merece. En estos días estamos rodeados de festividades relacionadas con la Navidad y el Año Nuevo. Y este año celebramos el Mawlid de nuestro Profeta, salla’llahu ‘alahi wa sallam, justo en las mismas fechas. Lo importante en este asunto es que el año que viene ya no será igual. Cuando el emperador Constantino incorporó el cristanismo en sus dominios y lo convirtió en la religión oficial del imperio, hizo coincidir las principales celebraciones cristianas con las grandes festividades paganas de la religión antigua del imperio. Estas festividades estaban basadas en los cambios estacionales del año solar y los ritos paganos que los acompañaban. La Navidad es, por supuesto, un ejemplo característico, y en nuestros días ha perdido por completo su conexión cristiana para regresar a sus orígenes paganos. Al vincular nuestro calendario y celebraciones al ciclo lunar, el Profeta, salla’llahu ‘alayhi wa sallam, garantizó que el mundo musulmán jamás se vería atrapado en el retorno a las prácticas paganas ni en la excesiva estructuralización del tiempo que propicia la dependencia del calendario solar.
Lo que se aplica a los meses y los años también se aplica a los días. En Inglaterra la descripción al uso de un día de trabajo es de 9 de la mañana a 5 de la tarde. Aquí y en otros lugares puede haber una pequeña diferencia, pero el principio sigue siendo el mismo. Las vidas de las personas están regidas por el reloj: por un rígido tiempo mecánico. Para el musulmán, el tiempo diario está regido por el movimiento del sol a lo largo de todo el año y la forma en que esto afecta a las horas de la oración. La duración del día varía de forma considerable con los cambios estacionales. Esto no significa que los no-musulmanes no perciban los cambios de estación, sino que se han autoimpuesto una estructura fija que les obliga a seguir un esquema inmutable. Los musulmanes inspiramos y espiramos con los cambios de estación. Esto no quiere decir que nosotros no tengamos una estructura, sino que la nuestra es flexible y se mueve con los ritmos naturales del año. Esto tiene un efecto sobre el individuo más profundo que lo que a veces se imagina, hecho que pude constatar con algo que me ocurrió en Marruecos hace muchos años.
Estaba pasando unos días con el Shayj Sidi Salih, rahimahu’llah, para asistir al moussem del verano que esta rama de nuestra tariqa celebra en las alturas del Atlas Medio, cerca de la tumba de su abuelo Sidi Tayyibi. Este había sido enterrado bastante más abajo, cerca de la Zawiyya ash-Sahyj, pero fue enterrado de nuevo en la parte alta de la montaña al haberse aparecido a su hijo en un sueño, tras la llegada de los franceses, diciendo que quería ser enterrado donde éstos no pudieran alcanzarlo. Al final su tumba se convirtió en el último lugar de la resistencia de los que lucharon contra la presencia colonial francesa en Marruecos. El caso es que cada agosto surge todo un pueblo de tiendas de campaña de color negro y se reúnen todos los fuqara de la zona con sus familias para hacer dhikr, comer cordero y mostrar sus hermosos caballos. En esta ocasión determinada estaba entre ellos un anciano cercano a los ochenta años, que había venido desde Casablanca para experimentar la vida de los fuqara en primera persona.
Una mañana, el muadhdhin anunció la hora de faŷr. Para hacerlo se subía a una roca elevada de las inmediaciones, esperaba hasta percibir la primera luz del alba y luego daba el adhan. Esa mañana, una vez terminada la oración, el anciano mencionado se acercó al muadhdhin y le dijo que había dado el adhan antes de tiempo. Sacó un horario de las oraciones y un deslumbrante reloj de bolsillo de plata para mostrarle el momento en el que, según sus cálculos, tenía que haberse dado el adhan. El muadhdhin le dijo que había visto la luz en el cielo, pero el anciano insistía en que la hora no había sido la correcta. Algunos de los fuqara de mayor edad intervinieron en la discusión, pero el anciano no abandonaba su postura; era como si su propia vida dependiera de ello. La cosa siguió de esta manera hasta bien pasada la salida del sol, pero los fuqara no estaban dispuestos a que se saliera con la suya. Entonces, en un momento dado, algo ocurrió en el corazón del anciano que le hizo llorar desconsoladamente. Lloró durante más de una hora, pero cuando recobró la compostura era un ser transformado. Había subido a la montaña coaccionado por cadenas autoimpuestas. Cuando la bajó, era un hombre libre.
Más difícil de identificar con precisión que la cuestión del tiempo, y más difícil de contrarrestar, aunque más importante desde el punto de vista de la educación, es la diferencia entre la comprensión del espacio para el kafir y el musulmán. Esto fue algo que se me mostró de forma vívida en el Rawda del Profeta, salla’llahu ‘alayhi wa sallam. Durante los 80, tuve el privilegio de residir durante un largo periodo de tiempo en Medina y solía, al-hamdulillah, pasar los días sentado en el Rawda. Había un grupo de mauritanos residentes en Medina que habían decidido encargarse de patrullar el Rawda, una especie de mafia sagrada, pero yo tuve la buena fortuna de gozar de su aprobación. Un día estaba yo sentado con uno de ellos apoyados en el enrejado que rodea la tumba. El mauritano se volvió hacia mí y dijo: “Mira Abdalhaqq, tienes que tener mucho cuidado; hay por ahí un montón de embusteros; hay gente que dice que se ha ido a la luna, pero lo que Allah dice de los cielos es: ‘la yanfudhuna illa bi’l-sultan’ ‘y no podrás penetrarlos a no ser con una autoridad manifiesta’, y Él nunca daría esa autoridad a un kafir. Y también dicen que la tierra es redonda, pero lo que Allah dice es: ‘wa’lardi kayfa sutihat’ ‘y fíjate en la tierra cómo está allanada.’ Están mintiendo. No creas una palabra de lo que digan”.
Desde un punto de vista superficial es posible decir que ese hombre era un ingenuo al borde de la estupidez, pero lo cierto es que, a pesar de poder estar equivocado desde un punto de vista empírico, tenía razón al convertir el Libro de Allah en su árbitro para todas las cosas; en lo que no hay duda es que, según la perspectiva del Corán, los seres humanos vivimos con ambos pies firmemente plantados en la tierra con el sol, la luna y las estrellas girando a nuestro alrededor. La visión kafir, dictada por los criterios erróneos del materialismo científico, postula que vivimos en una masa mineral insignificante, una mera parte de un sistema planetario menor que es uno más de los innumerables sistemas perdidos en la enormidad inimaginable del espacio infinito. El Dr. E. A. Burtt expresa con elocuencia las implicaciones que esto tiene para el ser humano:
“Para el nuevo pensamiento triunfante tenía enorme importancia que la autoridad de Newton respaldara esa visión del cosmos en la que el hombre es un endeble e irrelevante espectador (siempre que se pueda definir de esta manera a un ser encarcelado en una habitación oscura) del vasto e intrincado sistema matemático cuyos movimientos periódicos, según los principios de la mecánica, constituyen el mundo natural… El mundo en el que la gente imaginaba vivir, ─un mundo rico en colores y sonidos, un mundo con una armonía premeditada e ideales creativos─ solo existía en la imaginación. El mundo real del exterior era un mundo muerto y silencioso, duro, frío e incoloro, un mundo de cantidades, de movimientos calculables matemáticamente en una regularidad mecánica”.
Para el ser humano el resultado ha sido devastador; lo mismo que si hubiese sido desarraigado de su entorno, tipo pueblo pequeño, donde todo el mundo se conoce, donde la jerarquía está clara y no se cuestiona, donde las relaciones son de sobra conocidas y honestas, cuya atmósfera es benigna, donde todos los caminos han sido más que recorridos, cada rincón conocido y cada medio de subsistencia garantizado, para ahora aterrizar en la alienación e impersonalidad de una megápolis moderna cuyas calles vacías parecen no tener fin, donde cada barrio es igual aunque poco conocido, donde la energía que prevalece es el miedo y la desconfianza, donde incluso los vecinos son gente extraña.
Como acabo de decir, contrarrestar este cambio absoluto de perspectiva no es asunto fácil; a todos nos ha afectado en mayor o menor medida. El resultado es que la gente vive la mayor parte del tiempo en sus cabezas y no en sus cuerpos, algo que D.H. Lawrence indicaba de modo convincente en muchos de sus escritos. El resultado final es el mundo de los videojuegos donde centenares de miles de jóvenes de hoy en día ─y muchos no tan jóvenes─ imaginan vivir toda clase de aventuras, violentas y de otro tipo, cuando lo único que hacen es mover uno o dos dedos. Y muchos de ellos tienen dificultades reales a la hora de relacionarse con el mundo en el que viven. Peor aún es la transferencia de esta tecnología al mundo real donde hombres y mujeres que contemplan una pantalla, pueden masacrar con un drone familias enteras que viven a miles de kilómetros de distancia; y eso no les afecta más que si estuviesen en pleno videojuego.
En mi juventud era un hecho común que muchas personas, jóvenes y mayores, conocieran los nombres de todas las flores y árboles, de toda la flora y la fauna del entorno en que vivían; esto es algo que ahora, en mi experiencia, ya no es normal en absoluto. Lo que demostraba era la familiaridad que se tenía con el lugar donde se vivía. Esas personas estaban, como dice la expresión coránica: “arraigados en la tierra con firmeza”. Esto es algo que debe recuperarse con urgencia, tanto por nosotros como por aquellos a los que enseñamos, si queremos tener éxito a la hora de establecer el Din de Allah con propiedad y pasarlo a las generaciones posteriores. Tenemos que salir de las cabezas para volver a los cuerpos, tenemos que convertirnos en habitantes reales de la tierra y no en mentes sin cuerpo que flotan en un ciberespacio que no existe; tenemos que arraigarnos de nuevo con firmeza en la tierra. Y entonces, desde esa base firme, podremos, insha’llah y con la autoridad que Allah ha dado para penetrar los cielos, aplicar las palabras de Shayj Muhammad ibn al-Habib: “Vuela desde ella, con las alas de la contemplación, hasta el Árbol del Loto del límite más lejano”.
Estos no son más que tres de los factores que nos diferencias de los que nos rodean. Otro es, por supuesto, la prohibición de Allah de la usura cuyo énfasis ha sido un elemento importante en la enseñanza de Shayj Abdalqadir a lo largo de los años y que hemos estudiado desde todos los ángulos posibles en muchas ocasiones. La cuestión es que estos factores que nos diferencian deben ser enfatizados, degustados, enseñados e implementados de todas las maneras posibles si queremos restablecer el Din de Allah en la época en la que vivimos y si queremos dar a la gente una alternativa genuina al camino nihilista del consumismo sin trabas alimentado por la deuda, que les lleva a su inevitable autodestrucción. Hacerlo nos proporcionará el espacio y la discriminación necesarios para poder, de la manera que nuestro shayj nos indica constantemente, alimentarnos de nuestra herencia común y obtener de la historia de la humanidad las lecciones y ejemplos que el pasado nos ha legado; así es como podremos diseñar un camino claro para el futuro de la raza humana.
Hablando del pasado, he descubierto recientemente un pequeño ensayo escrito por Imam al-Ghazali, rahimahu’llah, sobre la educación de los niños. He pensado terminar mi charla compartiendo con vosotros alguna de las cosas que contiene. Al principio del ensayo dice:
“Un niño es similar a una prenda que se confía a sus padres; su corazón puro es una piedra preciosa sin tallar que carece de forma o de labrado, que aceptará ser cortada con cualquier tipo de hechura y cuya disposición seguirá la guía que reciba de los demás. Si se le enseña y habitúa al bien, esta será su práctica cuando crezca y conseguirá la felicidad en ese mundo y en la Otra Vida; y sus padres y maestros compartirán la recompensa. Del mismo modo, si se le acostumbra al mal y no se le presta atención, la miseria y la pérdición serán su suerte, algo de lo que serán responsables su guardián y su supervisor”.
Un poco más adelante, cuando habla del castigo y la recompensa, el Imam hace las siguientes observaciones, modernas y sorprendentes, que contradicen la conducta atribuída a los educadores del pasado lejano:
“Cada vez que se manifieste en el niño una buena acción o rasgo determinado, debe ser admirado y recompensado con algo que le produzca alegría, debiendo ser alabado ante los demás. Pero cuando, y con la frecuencia que sea, haga algo malo, lo mejor es fingir no darse cuenta ni llamar la atención de los demás, especialmente si el niño ha tratado de ocultar la acción con rapidez; hacer público o castigar el acto en cuestión hará que el niño se reafirme en el mismo hasta el punto de que, en el futuro, no le importar que se desvelen e incluso los propicia. Si el caso se repite en varias ocasiones, el niño debe ser amonestado en privado y debe hacérsele entender que es una cuestión de suma gravedad. No obstante, este tipo de niños no deben ser amonestados con excesiva frecuencia puesto que se acostumbrarían a ser denostados destruyendo así el efecto que esas palabras tendrían en sus corazones”.
Lo que quiero resaltar en este ensayo del Imam al-Ghazali, es el énfasis absoluto del buen carácter. Afirma, de forma contundente, que el primer paso esencial del proceso educativo, obligatorio tanto para maestros como para estudiantes, es la consecución del buen carácter, algo que debe impregnar la enseñanza de cualquier disciplina del conocimiento y sin el cual, cualquier conocimiento no servirá para cosa alguna. El Imam admite sin reservas que mucho de lo que dice lo ha tomado del pasado más antiguo. Si tomamos las palabras del Profeta, salla’llahu ‘alayhi wa sallam, cuando dice que él solo fue enviado para perfeccionar las nobles cualidades del carácter, y su posterior confirmación, muchos siglos después, por el gran educador inglés Thomas Arnold, y la insistencia de nuestro propio Shayj sobre la naturaleza vital de la futuwwa en el proceso educativo, podemos ver que el buen carácter ha sido siempre la base y el objetivo de la educación verdadera a lo largo de toda la historia de la humanidad, debiendo nosotros aceptar que debe estar en el primer plano de todas la iniciativas educativas que empendamos. Como educadores, maestros y padres, es vital que sigamos la guía que se nos ha dado y que encarnemos todas las buenas cualidades de carácter para inducirlas en aquellos de los que somos responsables. Solo entonces podremos conseguir la meta tan encumbrada que nos hemos impuesto: preparar una nueva generación de musulmanes para que lleven el Din de Allah a los años venideros.
Antes de partir hacia estos encuentros hablaba de ellos con mi esposa, haŷŷa Latifa; me dijo que, tras muchos años de enseñanza, había llegado a la conclusión de que la educación se reducía a tres cosas: estimular en los estudiantes el deseo por el conocimiento, fortalecer la confianza en sí mismos y establecer una identidad robusta. A mí me parecen ser objetivos muy valiosos y pido a Allah que dé éxito a todas nuestras iniciativas educativas en general, y a la Escuela del Shayj en particular, a la hora estimular el deseo por el conocimiento en todos a los que a ellas asistan, para que así puedan llegar a ser gente de conocimiento profundo y una fuente de inspiración para todos los que se encuentren con ellos; Le pido a Allah que puedan conseguir la confianza en sí mismos necesaria para enfrentarse a un mundo al que se opondrán con frecuencia; Le pido que mantengan su integridad y autenticidad en todas las situaciones, y Le pido que su identidad como musulmanes sea tan poderosa, que la luz del Islam les acompañe a lo largo de todas sus vidas en este mundo y les lleve, sin percance alguno, a la Otra Vida.

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